martes, 19 de mayo de 2009

Príncipes y autobuses

Tan solo era una asquerosa tarde de aquel asqueroso verano.


Parecía que ese dia a todo el mundo se le habían asado sus complejos, porque la mayoría de hombres iban sin camiseta y las mujeres lucían piernas con el bikini.
Pasé por un bareto de aquel minúsculo pueblo y todo el mundo me miró con cara extraña, seguramente pensando '¿Por qué lleva una mochila? Todos estamos disfrutando de nuestras vacaciones en la playa y ella camina sola, dándole patadas a una lata de cerveza y con los auriculares destrozándole los oidos' Seguramente la mayoría no pensaran nada, así es la vida de la gente de pueblo, se limita a ver a la gente pasar mientras le dan vueltas a la pajita de su coca cola.
Esperé en la parada del autobús como media hora, hasta que por fín apareció en la lejanía. El conductor no debió verme porque casi pasa de largo, solo paró cuando hice un amago de arrojarme a la carretera.
Subí, pagué y fui directamente a la puerta, no me gustaba sentarme en esos asientos, a saber quien o qué habría puesto el culo ahí.
Seguí escuchando música mirando de reojo a toda la gente que había sentada, hasta que el autobús paró en otra parada.
Ni siquiera me di cuenta, creo que tenía los ojos cerrados, pero lo primero que me hizo subir la cabeza de golpe fue ese olor.
Giré el cuello lentamente confiando en que se tratara de un error, no podía ser él, no podía, aquí no, pero sí, era él, y seguía igual que siempre.
Sus brillantes zapatos blancos apenas tocaban el suelo mientras andaba, sus vaqueros no estaban para nada arrugados, era como si se los hubiese planchado mientras esperaba el autobús, encima llevaba un polo de manga corta y una camiseta (seguramente de tirantes) blanca se asomaba por debajo. Me sorprendió el detalle de que llevara una bandolera en vez de su mochila de marca, pero ni eso, ni sus pulseras, ni sus dos collares de madera importaron después de que le mirara a los ojos.
Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies, que la gente se esfumaba y que empezaba a sonar aquella canción de los años 80, nuestra canción.
Estoy segura de que no se dio cuenta de que era yo hasta que estuvo apollado en la barra de al lado, para entonces ya era demasiado tarde, porque me miró con esos grandes ojos verdes y yo deseé que parara ese terremoto que se había formado en mi cabeza. Él me engulló, me arrastró hasta el abismo de sus pupilas envolviendome en aquella melodía que tanto me había costado olvidar. No me atreví a mirar su boca, habría sido demasiado para mi débil corazón en reconstrucción.
Intenté hablar, pero mis lavios parecían haberse puesto en huelga, así que me limité a mirarle de reojo, como a todo el mundo del autobús.
Fueron los 12 minutos y medio más largos de mi vida.
Por fín bajé, antes que él, y cuando el autobús empezó a arrancar de nuevo pude percibir una leve sonrisa que salía de su rostro perfecto, deslumbrante, como la luz del sol.


Había sido un amor tan efímero...
Aunque en realidad no tenía tanta importancia,
tan solo era una asquerosa tarde de aquel asqueroso verano.

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